Hombre de pie en la piel



¿Cuál es tu idea de matar despacio?
¿Andar con dos pistolas y a los tiros
acertándole
al
aire?

Mi carne y hueso tiemblan con los ruidos
porque así
acontecen los fantasmas de la desesperanza.

Hombre de pie en la piel,
hombre de pie en tu hombre de hombre hombre,
tenaz e involutivo
primigenio y suavemente proto

(diría García Márquez: protomacho)

mi Neanderthal del verbo de las magias,
yo no soy del kaboom...

no te ilusiones.

Yo soy del gota a gota y gata a gatas,
porque sé disfrutar de cada mundo en que tus barcos anclen.

Yo no soy la pariente del apuro
ni soy amiga del todo hoy y aquí.

Me gustan los remansos en los gustos,
los sabores que nacen de los descubrimientos
cuando se pone fin a la invasión y crecen flores nuevas
en el color de lo desconocido.

Soy casi como un burro. Terca y tenaz,
personal, pequeña, irreductible
y toda de algodón si hay un Moguer
para hacerse a mi piel los tonos gualdas.

Tus flotas de metáforas y luces
se agolpan en mis puertos tributarios.

Hombre del corazón, alfiler manso, saxo tenor...
¿me cantas al oído?

A-lunecer

Yo estoy como los lunes, hombre del corazón,
estoy como los lunes
con toda la semana hecha con gajos
y con el tiempo al borde.

Estoy como los lunes, en las postrimerías del entorno
en que comienza el viento
y las hojas se arden en un otoño manso
que poco sabe de las vacilaciones.

Le dejé otro poema a tu amigo que anda con pistolas.
Pensé que iba a entregártelo
pero seguramente estaba ocupadísimo
o no andaba su humor para poetas de zapatos izquierdos
o de dos pies derechos.
En fin
de fina nada y encima mal vestida de pirata Salgari
como la hija del capitán Morgan.

Habrá dicho ¿y ésta quiere hablar con Madison?
¿Y encima le manda cartas color rosa?

Yo estoy como los lunes, ya te dije
esperando tu voz dentro del sobre
que extraviaron las grullas en su viaje
al corazón de China

(o de la china)

- para el caso es lo mismo -

La flor encendida


El sol ha suspendido su desnudo,
se ha quitado su cáscara de seda sobre la voz del día
y en pantuflas de niebla
camina por la calle como un pequeño preso
que no recibe cartas.




El frío llega a pie sobre su sombra.
Es un filo de cristal que punza
la claridad más fértil
y la deja caer, lluviosa y desangrada,
lo mismo que un disfraz apolillado.

Todo parece diferente ahora.
Yo no sé si más claro.
Diferente.

Será la procesión de las ausencias
como una larga colecta interminable
de robar las pequeñas alegrías.
Ese rebrote a muerto que no termina nunca de morir
y nace en todas partes
enfrentándose al sol y al viento sur.

Yo no sé escribir cuentos cuando escribo poemas.
Soy bastante primaria en ese aspecto.
Escribo lo que late entre mis manos,
lo que mi mundo siente
y todas esas cosas pequeñitas que no reclaman nada.

Ya sufrí mucho.
Ya fui una fruta rota y una canción mordida
y un eclipse y un muerto.

Ya estuve muerta alguna vez también.

Ahora estoy viva
tan de regreso como una clarinada

a pesar del otoño en que anochece.


Alabanza de su voz



Me gustaba su voz que repatriaba
pájaros amarillos
porque la suya
no era una voz austera,
una voz astringente o temerosa
sino una voz en vuelo,
un estallido en vuelo,
un mar que se volaba hacia la hondura
como un pez delirante y neptuniano.

No era una voz sin viento,
semioculta en los rincones para no mostrarse
y driblando con la tontería sus ganas de decir.

Por el contrario
su voz era un recurso de promesas,
una labranza desaforada de predilecciones
dentro de una chistera de hacer rendir el pan.

Su voz era tan rara
que en ella sonaba bien hasta un rebuzno
y por qué no decirlo:
tenía una voz de seducir madrastras tristes.
Una voz de esas voces que quieren los poetas
para hacerse famosos a estocada de versos.

Una voz bruja o una voz embrujada
en que plantar olivos o maquetar diez barcos.

Me gustaba esa voz que nunca iba a ser mía
por más que yo esmerara mis maderas
o tejiera edredones de largas lanas mágicas.
Todo se entiende el día en que el cartero dice:
“hoy no hay carta”
y lo repite también al día siguiente,
la siguiente semana y la que sigue
y lo repite aún después del mes.

Al revés de Sabina,
para decir adiós no hubo motivos.


Eso es algo que ocurre, simplemente.


Tournée

Imagen de Elfen Lied



No quiero lastimar
esa colmena que hay en su corazón.
No quiero lastimar a sus abejas
ni adulterar su miel adormilada
que hervirá en sus futuros de brujas futuristas.

Soy un bichito raro.
Tengo caparazón,
alitas de murciélago
y garras que están un poco mochas
pero responden bien a la defensa.

Soy un bichito raro en su grutita,
juntador de bellotas y papeles
acostumbrado a un otoño interminable
que ya no le preocupa.

No crean que soy una mujer que se parece
a una pobre mujer

ni soy una mujer necesitada de un hombre protector
que acomode en su oído las ansiadas lisonjas
y todas esas flores que seducen
(en teoría)
al consetudinario femenino.

A veces les diría que hago de mujer
para no sentirme desterrada del gremio,
definitivamente.

En algún punto ese Sicario y yo somos lo mismo
aunque él es más sano e inocente
y no sabe matar por más que diga.

Matar es otro asunto, un poco más severo y efectivo,
porque desde la muerte no se vuelve.

Y no se vuelve más.

No el muerto. El que ha matado es el que no regresa
jamás desde la muerte
-dice un amigo mío-.

Y para matar al amor
hay que matarse
hasta la más extrema descorazonadura.

Lo sé por experiencia.

Y en eBay, me dijeron, no venden corazones
ni se pueden pedir al Ministerio.

Desnudo por desnudo.
Revólver en la mesa.
Gire el tambor.
Su turno...


Rafting del corazón




En la orilla del soplo está tu nombre
marcado como un tajo de tu ráfaga

hombre sin piel ni voz
que sin embargo ocupa los sonidos
y me embaraza el tacto con jazmines.

Ay...ese duro sicario de corazón de bourbon
y ojos tenebrosos de apagones
que ocultan a Manhattan en un cuento.
Ese Sicario
del que el amor escapa malherido de amor
mientras escucha
que su verdugo canta en la penumbra
y le sigue los pasos
a través de las lágrimas.

Ese Sicario, el mundo en masculino,
una fuerza de tribus con tambores
como una fuerza oscura,
una fuerza natural que nace
oceánica y terrestre
lo mismo que un planeta o un sollozo.

Quiero encontrarte en la boca del trueno,
en la quebrada vibración del rayo,
en cada color rojo,
en el silencio al borde de las siestas,
y en mi pequeño esqueletito
que se ha olvidado de las capitanías.

Tu voz que multiplica confluencias
trae el amor en balsa

y por mis rápidos ríos de deshielo
hace rafting
mientras doma los miedos de mi boca.

(Sicario - Contrapunto con John Madison)

Al fondo de la caja



¿Qué voy a hacer con la mujer que lleva
sahumado el cabello con hollín de cebolla
y las manos atadas al ajo y al romero?

¿Qué voy a hacer con la mujer de a pie
que no usa zapatos de princesa de tacón elegante
ni se pinta las uñas ni se pinta los labios
y no se saca el jean ni bajo el agua?

¿Habrá alguna mujer en esta forma andrógina
de muchacho prepúber,
con la que me confunden por el pelo rapado a lo skinhead?

Ya no tengo un cabello majestuoso
desangrando sus ondas por mi espalda,
ni esa franqueza húmeda en los ojos con que habla el corazón.

Mis ojos están mudos de certezas.

Guardé las alas en un baúl de trastos
en el que nunca guardé muñecas rubias

(yo no quise muñecas ni jueguitos de té
porque jugaba al fútbol y a la guerra).

¿Mis amigos? Varones.

Manejo una katana Ojo de Tigre
y aprendí a usar el Klaukol y pegar azulejos,
poner pisos, encolar los muebles,
revocar la pared, pintarla luego, arreglar los enchufes,
resolver los problemas de pérdida de agua.

No me asusta una rata ni un murciélago
ni me asusta una víbora ni un sapo.
Llevo de maravillas la falta de comida y la falta de luz.

No me gusta pescar. Hay que tener paciencia.
Me gusta amasar pan. Requiere brío.

Y usted,
me llega hasta la isla amurallada
con su mundo de remos ancestrales,
capitán de la voz que no conozco
y llama por su nombre a la mujer oculta,
prohibida,
a aquella que se fue o que no está.

Me regala la caja de Pandora
una vez ya vaciada sobre el mundo.

¿Ves lo que hay en el fondo? me pregunta.
Yo veo la esperanza.

(Del contrapunto con Jonh Madison: A instigación del viento)


Historia en la boca de los sueños







Si no hubieras escrito

tanta aclaración a posteriori de tu tremendo impulso
habrías presenciado un nuevo choque cósmico

(porque yo
te había preparado una sorpresa,
guerrero de Elder Scrolls).

Recuérdame como la vez primera en que me viste...

era joven y azul y una hechicera
que dormía en un lago
y tú 
eras un ímpetu que olía a todos los mares del planeta.

Vivíamos en cuevas con diamantes y pequeños dragones
y al apretar los ojos
conseguíamos que nos crecieran alas en los pies
y nacieran estrellas de las frentes.

Al fin es lo que somos, dos viajeros 
que recorren el tiempo en un ir y venir 
de sombra y luz,
de vibración oculta e infinita,
un mundo inmaterial hecho con largas olas silenciosas
que van y van entre las edades de un único universo

con todos sus universos invencibles .

No sé qué extraña pócima obtuviste
trasegando los árboles del pan,
o a quién robaste todas las liturgias que no aprendió Cupido en tanto tiempo,

pero el sol en tu nombre resucita,
se levanta lo mismo que un escudo
y encadena la vida y el misterio al diario renacer.

Te tenía un regalo y te lo doy (antes de Elder Scrolls ya lo tenía,
mi extraño prisionero irrepetible).
Es como si te soñara cuando leo...

No me voy a morir.
Yo también, COMO VOS
soy un buen sueño.

Estado primitivo

Quiero ser esa Eva de tu boca. Nadie me llama Eva
y voy perdiendo mi condición eval y me transformo
en algo descarnado y arremetido por el efecto Tyndal.

Si te llamo Sicario debajo de la luna, debes llamarme Eva,

porque ese nombre se multiplica pleno entre tus labios
y alza a una mujer.

¡Qué maravilla un hombre cuando te nombra Eva!

Ya te conté desdichas que no me hacen ser frágil
y te conté de mi afición extrema por la caza
de cosas que alimenten a mi cría.

Yo soy la que trae los conejos
y la que los cocina
y la que después lava los platos.

Pero Eva en tu boca es otra Eva.
Una Eva ilusión, hecha con danzas y sueños y poemas.
Es la Eva que no se me permite
más que estando en tu boca...

Una estrella sin rumbo
que cae, profunda, en tu bebida
iluminando hielos aprendices
de estrellas que se acaban para siempre

Saxo tenor







Dentro del mundo de las confesiones
lo veo divagar frente a la luna, de tres cuartos perfil.
Hay en sus ojos
una nota que ocurre en el espacio,
troquelada
sobre un fondo de niebla en un tugurio
que huele a mal alcohol y a mal tabaco y dibuja dolor.

Sicario, en una mesa, tiene las manos amplias y no correspondidas
y esos ojos de humo que ostentan los que matan
amantes,
con los sueños.

Siempre piensa en morir sencillamente
lo mismo con que sueña el antihéroe de la novela negra
cansado de las bocas y el desgano
y ese arduo vivir entre los mundos secos y el otoño.

Sicario puede
tatuar con su daga de copa de cristal
un la infinito
en el arisco pecho de la noche,
y ponerlo a vibrar mientras se arde veloz como una fusa.

Pero no graba eso.

La noche tiene un corazón oculto igual que un niño oculto
y Sicario prefiere
dibujar una clave de sol sobre su vientre
con su saxo tenor.



(Sicario - Contrapunto con Jonh Madison)

Papeles en nogada

Háblame de la antigüedad de tus banderas,
del color imposible de tu árboles,
del sonido que acampa en tus viejas pagodas
donde ocultas griales y tumultos.

Háblame del silencio en que el ruego naufraga
en la boca que cierra su desquiciada vocación de suspiro
mientras se nos cuartea el corazón.

Háblame de tus manos en las drizas del día
y en la fabricación de los guerreros que comen pan de ayer.
Háblame de lo que eres incapaz de soñar
y de lo que has soñado ya demasiadas veces.

Tráeme tus raíces de corales y tus miles de caracoles rotos
y entre los dos echemos de la playa
a ese invasor
o afeitemos sus barbas de gigante con nuestra mágica navaja de futuro.

Hablemos a la luz de una fogata alimentada a sol,
en plena noche con un sol de noche y una aurora boreal
tallada por la aguja del último sextante
encima de la gracia y de la pena.

Acércate con tu hermosa condición de jinete hacedor de delfines
y trae las mareas y los vientos que fundan los puntos cardinales.
Ven con tu poseidón y tus tritones
a mis mundos con geas de cabelleras largas
y caballos marinos y ballenas que duermen su última canción de cara al sur.

Haz un hueco en mi cáscara de nueces navegantes
y rescátame en tu barco de papel.

Otras elegías




Yo que no me confieso.
Yo, que tengo un orgullo a prueba de ciclones
y que acaudillo el miedo de todos los hipócritas
para lanzarlo al río.

Yo, que soy una fiera más feroz que el destino
y que puedo levar las velas a mi antojo
y predecir los vientos en las gavias.

Yo, que soy timonel, vigía y náufrago,
capitán que se hunde,
escota y jarcia,

y que elijo la furia y la destreza
en la más gruesa mar.

Yo, que he sorteado esos vientos de proa con pericia
y mantenido el barco sin ceder al garate
en la tormenta más perfecta de todas las tormentas

siento nostalgia de la estrella albal

y estoy re harta de navegar a ciegas el destino
inventando las rutas y el naciente.

Lucho por negociar con Lisa Simpson
mientras le explico cosas a Mafalda...

mas me toca ser yo

nada de ellas y solamente yo, toda pericia
en la negociación con la catástrofe.

Como me canse...(que ya estoy en eso)

como me canse

voy a anotarme a un tardío Sputnik que no existe
y volver al planeta que no existe tampoco
donde viven los índigos que han muerto.

Y siento si se nota que estoy harta...

Traigan urgente la guerra que se viene

así -yo-
me mantengo
entretenida.


Patético retrato del ocio malditista

Hay hombres que han perdido la condición genuina
y apenas
son pobres insurrectos de salón.

Desconocen la muerte.
Desconocen la absoluta impiedad del miedo.
Desconocen como desgarra un grito la garganta que grita.
Desconocen la voracidad de la intemperie,
lo anchurosa que puede ser la soledad,
la vastedad humana que cimbra en la catástrofe.

Se piensan malditos porque escriben su mustia frustración.
Y son sólo infelices. Infelices y pobres
o pobres infelices.

Ya quisieran estar realmente malditos
como Haití.
Ya quisieran (o no), sufrir en piel y hueso
la condición humana.

Pero son insurrectos de salón,
vanguardistas entre terciopelos
donde no acampa el hambre
y la muerte es parte de su fábula.

Escriben de amarguras que nunca han degustado.
Son apologetas
de fracasos que sus mentes inventan
acomodadas a la simpleza de siempre tener pan
que alimente a sus bocas dentadas.
Miserables
que se erigen en cuestores
igual que las gallinas que alborotan la paz de un gallinero
con su cacareo irremediable.

Cacareadores vanos que no han vivido nada
y piensan que alcanza con el grito
para hacerse notar
sin dejar esa comodidad que los protege
y en la cual se apoltronan
mientras escriben sus “tragedias griegas”
irrisorias y fatuas.

Seres que sólo claman por tener su minuto de gloria
en el monitor de los demás
cuando se abra la notificación en la que escupen
miserias que no entienden ni padecen
en su circo de ignorante molicie internetera.

Ridículos
en la sobreactuación de la miseria impúdica,
jamás han sufrido lo que cuentan.

Es solamente una borrachera de jarabe de pico.

Sólo los verdaderos luchadores
han vivido la umbra en los eclipses.


Navegación sonora

(A John Madison)

Hombre de los tsunamis
hacedor del espliego,
sembrador incansable de magnolias en el borde del fruto,
amor de la sequía y cantor de la acequia.

Hombre de mar y sol y viento y amarantos,
música de frontera,
autor de las ensoñaciones y de las bandadas de grullas
y de la lluvia de todas las perseias que caigan en mi huerto.

¡Qué lengua dulce de ágave azul la tuya!
Timonel de mi alfombra voladora y de mi circunstancia voladora,
fabricador de alas color verde
escandel de las grutas de mi desasosiego...

cántame Summer Time con tu voz de penumbra primitiva,
toca en mi memoria Casablanca, igual que Grapelli
y resuelve como un saxo barítono
este profundo Harlem de mi boca.

Yo puedo bailar jazz sobre tu huella si tengo que buscarte.
Puedo traerte a Trane de regreso en una danza de resurrección
como la libertad y la quimera
y negociar los cánticos que se venden en ánforas
como los espejismos y los ecos.

Tu mano de suspenso me acaricia la vieja cicatriz
y me regresa a la fragilidad adolescente
desplumada
como un esqueletito estremecido
por las notas finales de una trompeta ardiente.

(A dos aguas con John Madison)

Cartón pintado





Mi rebelión se gesta como un monstruo pelado
con la boca sin dientes y las uñas quebradas,
jugando a la imprudencia de las desaforadas
cuestiones de algún hado
de cubilete torpe, como de torpe dado.

Mi rebelión se abre como un último aquenio
de un árbol que está seco pero resiste otoños
con la tozudez cruda que infecta a ciertos ñoños
que ocupan el proscenio
gritando a voz en cuello que Jesús era esenio.

No cree sin embargo en la filantropía
como un claro anticipo de la melancolía
cuando no queda nada que justifique lucha.
El sordo nunca escucha
porque el mediocre es sordo para la rebeldía.

Así que háganse a un lado los justos invisibles
los rectos diminutos, los santos del derecho.
Hagánse a un lado digo, que en corredor estrecho
se vuelven prescindibles
tantas disertaciones de idiotas inservibles.

Su nada, es más que un hecho.

¡A mí, los invencibles!

No pierdo el tiempo en llantos

Cuando una entiende que se va a morir
y amó la vida como yo la amé, el tiempo es largo
y se pueden hacer todas las cosas.

Una se va a morir con todas sus cuentitas ajustadas.
La magia cobra espacio,
nada importa más que ser feliz
o alegre
instante tras instante.

Así que yo me enhebro como la cuenta rota,
como el eslabón roto,
en la cadena de los despropósitos.

Nada tiene el vuelo ni la envergadura de alas de la muerte
entonces
todo es chiste
todo es simple
nada roza el ritual de la tragedia
nada merece enojo
nada llanto.

La libertad nos llega de maneras insólitas.

Por eso yo
vuelo, navego, canto, me río con los tontos que me tocan en suerte,
y corro con la vaina al malparido.

A esta altura, el bien es un idioma y el mal un infortunio
al que matar de espanto.

¿Qué tengo que perder?
Díganme ustedes...


A-tormenta-dura







Mi orgullo natural es como un remo,
un desafío,
un "yo puedo vencer a la tormenta"
y es por eso que me transformo en rayo,
en huracán
(en trueno no, porque hace mucho ruido).

Mi orgullo ha remado en la indecencia,
en el hambre y en la mediocridad.
Ha remado en la pérdida de un pobre mar sin peces,
en la tragedia griega de mi vida,
en el miedo y el llanto (que por poco me ahoga)
y en la inundación diluvial del mayor odio.

No podría decir que soy experta
pero si tengo un remo, yo navego en el río,
en la cloaca,
en el barro,
y en toda oportunidad que haya de salir adelante.

Mis poemarios hablan mucho de mí.
Yo hablo de mí.
Tengo un ego victorioso que a pesar de ser ego es muy humilde,
porque lo único que pretende es proclamar
que se puede vencer todo lo adverso
con un voluntarioso remo entre las manos.

He sacado mis hijos hasta el borde que prometía todos los futuros
y ahora los veo volar
(veo volar mis pajaritos verdes, como la encarnación de la esperanza)
hechos y derechos como los grandes pájaros
que dominan por horas las corrientes terrestres.

No me importa morir.
Lo he dado todo.

Por mi profunda convicción, lo he dado todo.

A instigación del viento

Para John Madison


Navegaré quizás, un largo día,
por la sed de tu mundo hecho con la osamenta del Titanic
y cuatro plumas tristes
que quedaron lejísimo del vuelo con que quise volarte:
el aire de las rosas/ los pies de las ideas/ la idiosincrasia de la libertad.

Tuve un velero un día.

Tuve un velero que enfrentó las tormentas del río,
la vocación del delta,
el camalotal de la creciente con serpientes y rosas de guadaña
y el límpido furor del Remanso Valerio*.

Yo amaba las tormentas paraneras,
el viento de ceñida,
la rebelión del agua.

Eran mi propia voz, incandescente,
mi fuerza mineral,
mi especie antigua que peleaba como una arborescencia del pulso de la luz
y del relámpago.

Yo aprendí a navegar cuando los rayos desmenuzan el río
y se hacen fuertes titanes encima del estuario
çomo una reunión de muchos Zeus, iracundos y eróticos.

Mi velero era vivir un desafío
hacia la eternidad de los orientes
en donde habita el sol.

Escribir me devuelve esa violenta intensidad del justo,
del grito primitivo en la garganta del hombre diluvial.

Ay, Drake...
abre las alas.
Abre las alas, Drake...

abre las alas.

(Del contrapunto con John Madison)

De príncipes locuaces y princesitas lloronas

(A vos, maltratador)

Hay pequeños muñequitos de barro
- valga este pleonasmo miniaturizante -
que se piensan preciosos y efectistas
y se apantallan, generosos consigo,
con alucinantes pergaminos iconoclastas
que hay que traducir del chino histórico.

Se alzan como mentores experimentados
de las débiles, las flojas, las cumplidoras,
las "pobrecita yo"
como si fueran cruzados apoteóticos,
príncipes elegidos por el dedo de Dios
para el rescate de cuentísticas princesas
- cautivas de los sueños de los que nunca
se conoce el porqué -
como si la vida cupiera en las explicaciones
que escriben con sus barbas sin remojar
como hacen los soberbios
que se las saben todas menos aquellas que tienen que saber.

Vierten quejas menudas o rimbombantes
- igual que ellas hacen por su lado -
y siempre tienen la objeción a tiro
y la explicación presuntuosa
para todos los males de Blancanieves
a la que nunca consiguen sacarle la manzana del garguero
sino que hacen de bruja mala
una y otra vez
ahogando desgracia y princesa
a tomatazos
- arrojados desde la platea del ridículo -.

Juzgadores de pro
frente al juicio menor se ponen cuasi histerizados
- tanto que critican a la princesa lánguida -
y los asustan los demonios
los cazadores de lobos
los musulmanes dueños del Santo Sepulcro
- porque en realidad ellos, los príncipes,
no son ni caballeros, ni cruzados,
sino inventos de celuloide atrapados en su propia película

lamentable -

Lo peor del asunto de estos señores
es que son propensos al miedo.
Son cobardes
en la intimidad de sus miserias frente al espejo
donde no pueden envolver princesas
porque
solamente
están ellos
y no hay público al que engatuzar con la lengua rabiosa
y el verbo primigenio y asombroso.

Yo nunca fui princesa
y menos aún fui lánguida o quejosa o débil
y por eso siempre voy por lo racional.
Soy de emociones y de pasión fuerte
pero analítica y precisa
porque de eso se trata la sobrevivencia.

Nadie se salva en un botecito de papel,
ni siquiera
metafóricamente fabricado por una lengua febril
que quiere adquirir el paraíso.

Yo soy de las que reman la tormenta
y por eso no me pliego a la voz de los rayos
ni le temo a la del viento que confunde las brújulas.

Odio los tiros por elevación cuando los cobardes
no saben pegar un shunt al arco
y que el gol se produzca frente a frente.

( Grupos autogestionados de rescate a la víctima de violencia doméstica -  Del: Cuadernillo del Taller Literario: Abrepalabras - 2011)

Cordón de Atropos

Ya que hablamos de algunas llanteras memorables
y de cuántos dolores se mantienen en vela
yo me agazapo a veces con oscura cautela
para llorar ausencias que son irremediables
y que marcan mi vida con su rotunda estela.

En mi interior desbordan mis ríos navegables
como un turbión barroso de potros que a la espuela
arrasan los sembrados como arrasa la muela
del molino los granos de mis ratos afables
porque de algunas muertes ya nada me consuela.

No sé soltar los muertos que amé con demasía
porque me quedo huérfana de amor y mansedumbre
así que me los traigo para arraigar mi lumbre
y los mantengo vivos dentro de mi masía
para abrazar a solas toda mi soledumbre.

Yo soy de las que llora con la piel de las manos
dos lágrimas de sangre sobre altares humanos
mientras pienso en mis cosas como cosas juzgadas
y espero con la calma de las desangeladas
que todos mis dolores se vuelvan más livianos.

Por eso con mis muertos mantengo soliloquios
y les pido consejos y les canto al oído
cuando ellos me susurran que soy lo más querido:
Muchacha extravagante de los raros coloquios
que remedia a su modo su tiempo malherido.