Acuartelada


Parece que no hubiera
otra razón para existir que el llanto
o la queja infinita
o el reproche de amor, interminable.

Que no hubiera en el mundo
otro motivo más para el poeta
que la voz de sí mismo
gira y gira
dentro de su madeja de dolores.

Y si no
la protesta
y otra vez la protesta y la protesta
que no protesta nada
más allá de la bronca literaria.

Sentimientos de todos que se escuchan
repetidos por todos
con las mismas palabras que se dicen a uno
y a otro y a otro más
como si para nadie hubiera únicos
o irrepetiblemente únicos.

Por eso escribo poco
últimamente.

Por una cuestión de unicidad de mí
con mis causas extrañas
y mi tesón furioso
por no hacer de la lástima un esquema
ni del amordeamares, estandarte
escribo poco.

Será que calladita estoy más guapa
menos beligerante
más yo misma

o que he perdido el punto del estímulo
y miro desde lejos las palabras.

Vaya a saber qué pasa con Lucía.

No existe el cerrajero prodigioso
que pueda abrir la puerta
de este cuartel de invierno de mi boca.