IV

Entonces me reclino
encima de esta mesa de madera
como madera húmeda
como estatuita indígena
que alguien dejó acostada entre dos vasos
y unas migas de pan.

Lluevo como una cosa crepuscular
que nadie ha descubierto
ni ha nombrado.

Lluevo sin el rocío de la mañana
encima de la espina de la rosa
cuando cuelga
en una efímera lágrima llovida
en que se mira el día mientras nace.

Lluevo en tu vino mordisqueador
en tus ojos bulímicos
en tus manos de artífice de flores
en tu poema lluevo
sobre las velas que nos iluminan en tu bar de mentira
como dos figuritas en las que quepa el alma.

Lluevo en mi pastoral
sobre todas mis cosas y tus versos
y sobre las reliquias
desde el fondo de mí te lluevo en vino
en apresuramiento
en mi misma te lluevo...

No sé si de tu tierra nacerán mis relámpagos
pero igual
es tu sed...

y este es mi trueno
hoy
matador de homicidas a palabras.