Otras elegías




Yo que no me confieso.
Yo, que tengo un orgullo a prueba de ciclones
y que acaudillo el miedo de todos los hipócritas
para lanzarlo al río.

Yo, que soy una fiera más feroz que el destino
y que puedo levar las velas a mi antojo
y predecir los vientos en las gavias.

Yo, que soy timonel, vigía y náufrago,
capitán que se hunde,
escota y jarcia,

y que elijo la furia y la destreza
en la más gruesa mar.

Yo, que he sorteado esos vientos de proa con pericia
y mantenido el barco sin ceder al garate
en la tormenta más perfecta de todas las tormentas

siento nostalgia de la estrella albal

y estoy re harta de navegar a ciegas el destino
inventando las rutas y el naciente.

Lucho por negociar con Lisa Simpson
mientras le explico cosas a Mafalda...

mas me toca ser yo

nada de ellas y solamente yo, toda pericia
en la negociación con la catástrofe.

Como me canse...(que ya estoy en eso)

como me canse

voy a anotarme a un tardío Sputnik que no existe
y volver al planeta que no existe tampoco
donde viven los índigos que han muerto.

Y siento si se nota que estoy harta...

Traigan urgente la guerra que se viene

así -yo-
me mantengo
entretenida.


Patético retrato del ocio malditista

Hay hombres que han perdido la condición genuina
y apenas
son pobres insurrectos de salón.

Desconocen la muerte.
Desconocen la absoluta impiedad del miedo.
Desconocen como desgarra un grito la garganta que grita.
Desconocen la voracidad de la intemperie,
lo anchurosa que puede ser la soledad,
la vastedad humana que cimbra en la catástrofe.

Se piensan malditos porque escriben su mustia frustración.
Y son sólo infelices. Infelices y pobres
o pobres infelices.

Ya quisieran estar realmente malditos
como Haití.
Ya quisieran (o no), sufrir en piel y hueso
la condición humana.

Pero son insurrectos de salón,
vanguardistas entre terciopelos
donde no acampa el hambre
y la muerte es parte de su fábula.

Escriben de amarguras que nunca han degustado.
Son apologetas
de fracasos que sus mentes inventan
acomodadas a la simpleza de siempre tener pan
que alimente a sus bocas dentadas.
Miserables
que se erigen en cuestores
igual que las gallinas que alborotan la paz de un gallinero
con su cacareo irremediable.

Cacareadores vanos que no han vivido nada
y piensan que alcanza con el grito
para hacerse notar
sin dejar esa comodidad que los protege
y en la cual se apoltronan
mientras escriben sus “tragedias griegas”
irrisorias y fatuas.

Seres que sólo claman por tener su minuto de gloria
en el monitor de los demás
cuando se abra la notificación en la que escupen
miserias que no entienden ni padecen
en su circo de ignorante molicie internetera.

Ridículos
en la sobreactuación de la miseria impúdica,
jamás han sufrido lo que cuentan.

Es solamente una borrachera de jarabe de pico.

Sólo los verdaderos luchadores
han vivido la umbra en los eclipses.


Navegación sonora

(A John Madison)

Hombre de los tsunamis
hacedor del espliego,
sembrador incansable de magnolias en el borde del fruto,
amor de la sequía y cantor de la acequia.

Hombre de mar y sol y viento y amarantos,
música de frontera,
autor de las ensoñaciones y de las bandadas de grullas
y de la lluvia de todas las perseias que caigan en mi huerto.

¡Qué lengua dulce de ágave azul la tuya!
Timonel de mi alfombra voladora y de mi circunstancia voladora,
fabricador de alas color verde
escandel de las grutas de mi desasosiego...

cántame Summer Time con tu voz de penumbra primitiva,
toca en mi memoria Casablanca, igual que Grapelli
y resuelve como un saxo barítono
este profundo Harlem de mi boca.

Yo puedo bailar jazz sobre tu huella si tengo que buscarte.
Puedo traerte a Trane de regreso en una danza de resurrección
como la libertad y la quimera
y negociar los cánticos que se venden en ánforas
como los espejismos y los ecos.

Tu mano de suspenso me acaricia la vieja cicatriz
y me regresa a la fragilidad adolescente
desplumada
como un esqueletito estremecido
por las notas finales de una trompeta ardiente.

(A dos aguas con John Madison)

Cartón pintado





Mi rebelión se gesta como un monstruo pelado
con la boca sin dientes y las uñas quebradas,
jugando a la imprudencia de las desaforadas
cuestiones de algún hado
de cubilete torpe, como de torpe dado.

Mi rebelión se abre como un último aquenio
de un árbol que está seco pero resiste otoños
con la tozudez cruda que infecta a ciertos ñoños
que ocupan el proscenio
gritando a voz en cuello que Jesús era esenio.

No cree sin embargo en la filantropía
como un claro anticipo de la melancolía
cuando no queda nada que justifique lucha.
El sordo nunca escucha
porque el mediocre es sordo para la rebeldía.

Así que háganse a un lado los justos invisibles
los rectos diminutos, los santos del derecho.
Hagánse a un lado digo, que en corredor estrecho
se vuelven prescindibles
tantas disertaciones de idiotas inservibles.

Su nada, es más que un hecho.

¡A mí, los invencibles!

No pierdo el tiempo en llantos

Cuando una entiende que se va a morir
y amó la vida como yo la amé, el tiempo es largo
y se pueden hacer todas las cosas.

Una se va a morir con todas sus cuentitas ajustadas.
La magia cobra espacio,
nada importa más que ser feliz
o alegre
instante tras instante.

Así que yo me enhebro como la cuenta rota,
como el eslabón roto,
en la cadena de los despropósitos.

Nada tiene el vuelo ni la envergadura de alas de la muerte
entonces
todo es chiste
todo es simple
nada roza el ritual de la tragedia
nada merece enojo
nada llanto.

La libertad nos llega de maneras insólitas.

Por eso yo
vuelo, navego, canto, me río con los tontos que me tocan en suerte,
y corro con la vaina al malparido.

A esta altura, el bien es un idioma y el mal un infortunio
al que matar de espanto.

¿Qué tengo que perder?
Díganme ustedes...


A-tormenta-dura







Mi orgullo natural es como un remo,
un desafío,
un "yo puedo vencer a la tormenta"
y es por eso que me transformo en rayo,
en huracán
(en trueno no, porque hace mucho ruido).

Mi orgullo ha remado en la indecencia,
en el hambre y en la mediocridad.
Ha remado en la pérdida de un pobre mar sin peces,
en la tragedia griega de mi vida,
en el miedo y el llanto (que por poco me ahoga)
y en la inundación diluvial del mayor odio.

No podría decir que soy experta
pero si tengo un remo, yo navego en el río,
en la cloaca,
en el barro,
y en toda oportunidad que haya de salir adelante.

Mis poemarios hablan mucho de mí.
Yo hablo de mí.
Tengo un ego victorioso que a pesar de ser ego es muy humilde,
porque lo único que pretende es proclamar
que se puede vencer todo lo adverso
con un voluntarioso remo entre las manos.

He sacado mis hijos hasta el borde que prometía todos los futuros
y ahora los veo volar
(veo volar mis pajaritos verdes, como la encarnación de la esperanza)
hechos y derechos como los grandes pájaros
que dominan por horas las corrientes terrestres.

No me importa morir.
Lo he dado todo.

Por mi profunda convicción, lo he dado todo.

A instigación del viento

Para John Madison


Navegaré quizás, un largo día,
por la sed de tu mundo hecho con la osamenta del Titanic
y cuatro plumas tristes
que quedaron lejísimo del vuelo con que quise volarte:
el aire de las rosas/ los pies de las ideas/ la idiosincrasia de la libertad.

Tuve un velero un día.

Tuve un velero que enfrentó las tormentas del río,
la vocación del delta,
el camalotal de la creciente con serpientes y rosas de guadaña
y el límpido furor del Remanso Valerio*.

Yo amaba las tormentas paraneras,
el viento de ceñida,
la rebelión del agua.

Eran mi propia voz, incandescente,
mi fuerza mineral,
mi especie antigua que peleaba como una arborescencia del pulso de la luz
y del relámpago.

Yo aprendí a navegar cuando los rayos desmenuzan el río
y se hacen fuertes titanes encima del estuario
çomo una reunión de muchos Zeus, iracundos y eróticos.

Mi velero era vivir un desafío
hacia la eternidad de los orientes
en donde habita el sol.

Escribir me devuelve esa violenta intensidad del justo,
del grito primitivo en la garganta del hombre diluvial.

Ay, Drake...
abre las alas.
Abre las alas, Drake...

abre las alas.

(Del contrapunto con John Madison)